21 marzo 2017

Maestro

Cierro los ojos en un conmovido deseo por elevarme a la cúspide del placer. Henchido el pecho, me recreo saboreando cada uno de sus movimientos colmados de virtuosismo. Rebosante de gozo, enjugo lágrimas que escapan en el preciso instante en que sus dedos dejan de tocar y el piano enmudece.


07 marzo 2017

Un día distinto

Solo quedaban dos semanas para que terminaran las vacaciones. Como había suspendido las mates y la lengua, malgasté muchas horas del verano estudiando y haciendo los ejercicios que hoy tenía que entregar antes de presentarme a los exámenes de recuperación.

Otros años nos íbamos los tres hermanos todo el mes de agosto a la aldea de los abuelos pero, esta vez, mis padres decidieron que era mejor quedarnos en la casita de la sierra, a menos de cincuenta kilómetros de la ciudad.

Mi padre, que ya había dejado atrás las vacaciones y había vuelto al trabajo, me despertó muy temprano. Enfurruñado, me vestí a oscuras, me mojé lo justo la cara para quitarme las legañas y le esperé derrengado sobre el sofá. Lo único bueno del día era que íbamos a ir a desayunar churros. Salí cargando a la espalda con la mochila llena de libros y cuadernos y arrastré los pies hasta el coche.

Cuando llegamos, mi padre aparcó en nuestra calle sin problema. Mi calle no es muy grande, pero en ella están, además de mi casa, la cafetería de los churros y el cole. Hacía solo un año que vivíamos allí. A mi madre no le gustaba el centro y convenció a mi padre para comprar ese piso en un barrio nuevo donde, decía, viviríamos mucho más tranquilos. Además, algunos de los edificios de viviendas se construyeron para militares y sus familias y eso, a mi madre, le daba seguridad.

No subiríamos a casa. Después del desayuno me dejaría en la puerta del cole e, inmediatamente después de terminar los exámenes, me tendría que ir directo a casa de la tía Marga hasta que él me recogiese después del trabajo para irnos de vuelta a la sierra.

—¡Hace demasiado calor! Hoy va a ser un día duro —dijo mi padre para sí.

El rico olor hizo que las tripas me rugieran aún más, así que, además de la ración de churros, me pedí tres porras. Haciendo un gesto con la cabeza dirigido hacia la mochila, mi padre me preguntó que si lo llevaba todo. Dije que sí antes de tantear y comprobar lo que había dentro. Al instante tuve que tragarme ese sí. Se me había olvidado meter el estuche. Me echó una buena regañina mientras rebuscaba en el monedero y sacaba el dinero para que me fuera, ya mismo, a comprar un bolígrafo a la papelería de enfrente.

Con las monedas en la mano, salí de la cafetería en el momento en que el camarero posaba sobre la mesa mi ansiado desayuno. Mientras cruzaba a zancadas el paso de cebra hacia la papelería, vi cómo del portal de al lado salía un hombre corpulento y regio. A medida que me acercaba a él, más rutilaban las estrellas doradas y las medallas que colgaban de la pechera de su chaqueta. Llegando a su altura, me sobrecogió el rugir de un motor y, sobre él, varios estallidos semejantes a las tracas de petardos que vende Avelino, el pipero. La moto con los dos encapuchados pasó a toda velocidad.

Sentí un fuerte golpe. El pecho me ardía. A mis pies, como un fardo caqui, yacía desmoronado el militar. El zumbido que se iba apoderando de mis oídos no pudo acallar el lamento desgarrador que, en la lejanía y sostenido en el aire, clamaba mi nombre. Las monedas, libres ya de mi férreo puño, rodaban erráticas por el sucio asfalto cuando caí desplomado sobre los adoquines que, oportunistas, embebían sedientos nuestra sangre caliente.


20 febrero 2017

El lago

Dicen que las aguas anegaron todo. Que en aquella fría madrugada la riada se llevó por delante casas, bestias y hombres. Dicen que nuestros cuerpos sin vida reposan en el fondo del manso lago. Se equivocan. Aún vivimos. ¿Quién, si no, hace tañer las campanas las noches de San Juan?



10 enero 2017

La durmiente

Los ronquidos la desvelan. Tantea en su bolso, rebusca en el minibar y, sigilosa, se desvanece entre la penumbra. A diferencia de Alicante, que duplica su tamaño, Florencia se le antoja una ciudad pequeña en la que poder callejear sin temor a perderse. Cruza la Plaza de Santa Croce hasta alcanzar la fascinante fachada principal de la Basílica. Se sienta en las escalinatas, abre un bote de cerveza y se enciende un cigarro.

«Demasiados inviernos junto a ti, me marcho en busca de primaveras». Una nota sobre la almohada es más de lo que se merece. Nunca antes había estado más despierta.


Fin

«No podrá ser, mamá. Tal vez la próxima semana».

Cierra sus octogenarios ojos y musita para sí la nana con la que antaño les dormía y apaciguaba sus temores. Ninguno acudirá. Ninguno añadirá más al libro concluso que compone su vida y en el que solo ellos fueron protagonistas principales. En silencio, y con un leve suspiro como última palabra, culmina su obra en soledad. 


21 noviembre 2016

Esperanza

Revisa el buzón a sabiendas de que lo hallará vació. Estoica, lleva aguardando una promesa desde que vestía su piel el esplendor que la juventud otorga. Como cada mañana, Soledad, al examinar el frío y yermo receptáculo, reprime el llanto aferrándose a una esperanza que todos, salvo ella, saben estéril.

31 octubre 2016

Vuelo rasante por vía uno

No consigo respirar. En cada aspiración, el aire se queda paralizado a medio recorrido como si, consciente y por propia voluntad, se negase en rotundo a fluir hacia mis hambrientos pulmones. Según Atrévete a vivir sin anestesia, uno de mis sitios web preferidos, bien podría tratarse de ansiedad producida por estrés, bien podría hallarme en ese momento en que la vida te pilla de improviso y te zarandea bravía para ponerte en tu sitio. Eso, o como dice mi madre: «Si te dejaras de tanto interné ese y tanta máquina del demonio, y asomaras el morro a la calle y conocieras a gente, no parecerías cada vez más un despojo humano. Mi tesoro». Así que, con esos y otros muchos y avezados consejos acopiados de la red los últimos meses, no me ha quedado otra que aventurarme a volar y partir al mundo real en mi propia búsqueda.

No, no soy una persona valiente, ni mucho menos. Mi periplo, andanza, o espantada, que de las tres cosas hay, no significarán un cambio radical ni un giro de ciento ochenta grados en mi vida. No, mi intención es más bien modesta: tantear territorio desconocido, y si eso…

El verano se postra sumiso ante el inaplazable otoño y la mañana luce lluviosa. Sería esta una ocasión inmejorable para equiparme con el chubasquero amarillo que me compré online hace tres años si no fuera porque desde entonces he aumentado, al menos, tres tallas. Las nueve menos cuarto. En la estación no hay ni un alma. Mejor. Dejo mi recién estrenada mochila sobre los adoquines del arcén y doy tediosos paseos de un extremo a otro para hacer, sin demasiado éxito, más corta y llevadera la espera. Cuando al fin aparece el tren a lo lejos, sufro una fuerte conmoción interior. Se me antoja una fiera de hechuras hercúleas y su enérgica señal acústica dentellea mi, ya de por sí, pusilánime ánimo.

Todo yo quiere salir corriendo, pero ante mi desconcierto, mis pies toman la iniciativa y, acarreando con el resto del cuerpo, se dirigen ágiles a la escalerilla, la suben y me trasladan hasta el asiento más próximo a la entrada. No sé si son los nervios, o la panceta del desayuno, pero comienzo a sentir nauseas. Intento respirar hondo para tranquilizarme pero los malditos pulmones no se abren. Busco un pañuelo para quitarme el sudor de la cara y en medio de la maniobra me quedo observando a una mujer medio joven, medio no tan joven, agraciada en cualquier caso, que arrastra perdida su mirada por el paisaje llano y baldío que le muestra el cristal. Intuyo, sin fundamento alguno y al buen tuntún, que su tristeza está motivada por un desamor. Pobre. Devastador padecimiento debe ser ese. ¿Qué andaba yo buscando? ¡Ah, sí, el pañuelo!

Me sobresalta un hombre corpulento que se concreta de la nada y se sienta a menos de medio metro frente a mí. Este debía estar desayunando en el vagón cafetería. Prefiero pensar eso y no que acaba de levantarse de un retrete. Hace un gesto tosco con la cabeza y bufa un «buenas». Embutido en su deslucido traje, y sin esperar de mí contestación, despliega un periódico deportivo y lo coloca estratégicamente cubriendo su cabeza para que haga de parapeto entre ambos. Un gesto, por otra parte, que me alivia sobremanera. Aunque ahora ya no puedo verla, me ha parecido advertir en su cara un rictus agrio de amargura condensado de años. No tiene pinta de ser feliz y me da en la nariz que tampoco debe ser de los que hace felices a los que tiene alrededor. Puesto que mi avinagrado vecino mantiene bien afianzado el periódico con sus gruesas manazas delante de mi careto, aprovecho y leo por encima para entretenerme. ¡Increíble! ¿Será verdad? ¿Cinco le han caído al Barça?

¡En mala hora me dejé el iPhone 6 en casa! El primer punto de obligado cumplimiento en la guía definitiva de Viaja hacia dentro, de Atrévete a vivir sin anestesia, rezaba: «Despréndete de cualquier dispositivo con conexión a internet en esta nueva etapa de tu mayor y mejor viaje a ti mismo». ¡Ni a mi madre se le hubiese ocurrido semejante sandez! Siento taquicardia y mi pierna derecha comienza a moverse descontrolada en un tic nervioso. Intento respirar todo lo profundo que puedo pero, como me temía, se queda en eso, en intento.
Mareado y casi al borde de un vahído, advierto un detalle que provoca en mí estupor por lo descabellado. Al fondo del vagón, una pareja joven parece pelar la pava. Digo bien, parece. Ella, recostada sobre él, exhibe ufana escotazo mientras ronronea melindrosa a su oído. Por el brío con el que el pasajero de enfrente se da aire con el catálogo de Carrefour, diría que, al menos, los esfuerzos de la chica no caen en saco roto, ya que, simultáneamente, su despegado acompañante, está más entregado guiñando el ojo y poniendo morritos a mi menda lerenda.

«Se comunica a los señores viajeros que el tren efectuará su próxima parada en la estación…».

Aliviado, cruzo de andén para coger el primer tren en dirección contraria que me lleve de vuelta a casa. Definitivamente, salir al mundo real de otros ha hecho que me sienta mucho mejor porque he comprobado que, pese al ostracismo y los kilos de más, no vivo triste, ni amargado, ni en una mentira.

He dejado de sudar y el obstinado tic de la pierna ha desaparecido, respiro hondo y el aire irrumpe dócil dilatando al máximo mis pulmones. ¡Por fin! Saco de la mochila una bolsa extra grande de Ganchitos y, mientras la devoro y relamo mis dedos teñidos de naranja, me recreo imaginando las múltiples respuestas de admiración que recibiré cuando todos lean en el foro las experiencias vividas en este mi revelador viaje hacia mí mismo, exhortándoles encarecidamente, eso sí, a no hacer ni puñetero caso a la guía definitiva de Viaja hacia dentro, de Atrévete a vivir sin anestesia.